Chao Manuel querido

Me cuesta creer que Manuel Vega ha muerto. La hierba no tiene que haber sido mala, aunque él se empeñó siempre en hacernos creer lo contrario. Lo conocí reporteando tribunales en los espantosos comienzos de los 90. Lo seguí a tugurios y picadas a las que jamás podría regresar sola sin arriesgar el pellejo. Estuvimos presos en Sao Paulo, reporteando la aparición del guatón Romo. No puedo decir que tuve el privilegio de ser su amiga, porque Manuel era de esos reporteros que cultivaban la amistad en la conversa en noches largas, sin horarios, ni obligación de regreso. Y mi dedicación hacia la bohemia terminó temprano. Sin embargo, mi temporada en el mundo Vega fue suficiente para conocer su corazón de acero, para impregnarme de esa curiosidad temeraria por hurgar en el alma de los más repudiables de los seres humanos, a sabiendas de que allí nos encontraremos a nosotros mismos. Con Vega y otros de su escuela, aprendí lo que se aprende con los policías. Cinismo frente a los que cacarean bondad, compasión por los condenados. Lealtad. Toda sala de redacción debiera tener un Manuel Vega, acicateando nuestras convicciones, enseñándonos que hay más verdad en la ficción que en la objetividad. Chao Manuel querido. No te digo que descanses en paz, porque ofendería tu materialismo estricto. Sin embargo, lo confieso. Quisiera que te quedes en algún sitio a la espera de los demás. Allá nos tomamos un copete y conversamos hasta que las velas no ardan.

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