Muerte de un Quijote

El miércoles en la noche murió un Quijote. Uno al que tuve el privilegio de conocer y que nunca dejó de asombrarme. Santiago Agliatti Gambino. Cuando lo conocí usaba unas patillas largas que, en contraste con su cara rosada y cabellera blanca, y su robusta estampa, daban la impresión de un señor sacado de la época colonial. Cuando volví del exilio que viví por causa de El Libro Negro..., me invitó un día a conversar a su oficina. El estaba escalofriantemente muy bien informado de quién era yo y mi trabajo. Quería contarme la historia de cómo se vino abajo su proyecto de convertir a Radio Nacional en un gran medio de comunicación y una sórdida historia sobre la propiedad del diario La Nación que tenia incidencia directa en el destino de la radio. Yo dudé de él.  ¿Por qué un fabricante de vidrios está empeñado en reflotar una radio AM?, me pregunté. ¿Por qué un hombre de buena fortuna y posición social arriesga su dinero, su estabilidad familiar, su prestigio, su tiempo y sus esfuerzos en una empresa tan desgastante, impredecible y poco rentable como un medio de comunicación? ¿Por qué, si no es político, lee todas las revistas y es el más fiel seguidor de periodistas que ni siquiera saben de su existencia? Nuestra amistad, que creció más gracias a su perseverancia que a la mía, me dio algunas respuestas. Por ejemplo, cuando me contó sobre el día en que, de niño, visitó un estudio de radio y vio esas transmisiones que se hacían con público. La experiencia modificó para siempre sus sueños y su voluntad. Cuando la radio nacional fue rematada después de la recuperación de la democracia, don Santiago apareció de la nada con una propuesta millonaria que el fisco -el propietario hasta entonces- no pudo rehusar, aunque nadie entendió mucho por qué este desconocido arriesgaba tanto en un medio que, para los conocedores, no valía mucho. A partir de entonces, creo, don Santiago vivió sus mayores alegrías y, como si alguien quisiera castigarlo por eso, también sus mayores penas. La obsesión por reflotar su radio y por aclarar los entuertos que había -hay- en la propiedad de La Nación (éste, requisito esencial de su objetivo, pues el destino de ambos medios de comunicación están muy ligados) lo arruinó y le consumió la vida. Hace unos meses volví a verlo después de un tiempo largo sin encontrarnos. Pesaba una fracción del hombre que conocí. Estaba tan enjuto con El Quijote y usaba una boina para cubrir la desnudez de su cabeza. Le habían descubierto cáncer en los huesos, hígado y médula espinal. La cantidad de problemas que pesaban sobre su espalda era abrumadora, pero él los contaba como si nada pudiera abatirlo. Lo único que de verdad le pesaba era no encontrar el camino para reflotar su radio, que, pese a todo, hacía transmitir todos los días un par de horas, desde un pequeño estudio, para no perder el derecho sobre su frecuencia. Me impresionó su voluntad de vivir y su increíble convicción de que vencería el cáncer. Casi llegó a covencerme a mí también y a su leal secretaria, Patricia, quien trabajó junto a él por 23 años. Don Santiago, se opuso tozudamente a ser tratado como un enfermo. Salía de las sesiones de quimio y se iba directo a su oficina. Muy poco antes de morir consiguió comprar una acción de La Nación. Creía que así podría tener acceso a la información que se le negó por tanto tiempo y con ella, pensaba, podría derrotar a sus molinos de viento. El día que nació mi hijo, don Santiago terminaba unas de esas sesiones de quimioterapia en la misma clínica y se las arregló para pasar a visitarnos. Nunca lo vi abatido, ni deprimido. Si es cierto que el ánimo de los pacientes de cáncer es decisivo en su posibilidad de recuperación, pensaba yo, don Santiago va a salvarse. No conozco a nadie que tenga esas mismas ganas y determinación de vivir. Como salido de los libros de caballeros que leía el Quijote, Don Santiago era un hombre de palabra y, a pesar de sus penurias, un empresario generoso con sus trabajadores. Leal en la amistad, como pocos. Murió el miércoles, el día de su cumpleaños número 60. Esa mañana tuvieron que sedarlo, porque él se sacó los aparatos que tenía conectados. Quería levantarse y salir a batallar con sus molinos de viento. Como el Quijote en sus últimas horas.

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Comentarios

Gracias, Alejandra, por estas anotaciones. Por el blog, en general. En algún momento supe de ti, de tu exilio. Ahora me alegra saber que estás de vuelta en tu Chile otra vez con la pluma, y todo el arsenal que eso implica, en ristre.

Éxitos.

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Nunca me imaginé que tremenda historia podía existir detrás de don Santiago… Logré diseñar las páginas de un libro que algún dia saldrá a la luz, se sabrá la historia de LA VERDADERA NACIÓN…

Las cosas de la vida, me despiden de ese diario el 2 de enero, al dia siguiente nace mi hijo que se llama… Santiago. Quizás en el fondo de mi mente surgió un pequeño homenaje… ojalá sea un Quijote como él.

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Alejandra, soy la hija del Quijote. Quería agradecerte por tan bella columna. Quiero que sepas que el papá siempre habló con mucho cariño de ti; "es bien chora la Alejandra", "muy inteligente esta chiquita". Ha sido muy difícil entender que ya no esté. Un abrazo, Bárbara
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Señora Alejandra:

                        Leí su libro " El libro Negro de la Justicia Chilena". Como reportaje e investigación periodística me pareció entretenido, pero no se hasta que punto es % 100 exacto todo lo que allí aparece referente a la vida privada de algunos supremos e ilustrísimos. Pero el libro me pareció interesante por eso lo leí e incluso lo recomendé. Eso si, tengo una espina atravesada con usted lamentablemente, y es lo que me llevo a comentar este post. Cada vez que a usted la entrevistan o escribe para algún medio de comunicación vuelve una y otra vez a mencionar el tema de su "supuesto exilio de Chile" a causa de haber escrito el mencionado libro. Primero que todo, debe usted aclarar que no se trató de un exilio sino que de un AUTO EXILIO que es completa y totalmente diferente. Le recuerdo que en nuestro país SI HUBO gente exiliada a la fuerza y por motivos mucho mas importantes que el de escribir un libro con una gran publicidad ; ellos fueron exiliados por su manera de pensar , muchos de ellos sin siquiera haber podido elegir el destino del país al cual llegarían. Por lo anterior comentado entonces, le recomiendo que para la próxima ocasión en que hable o comente esta situación que usted vivió aclare por favor que se trató de un AUTO EXILIO. Nadie a usted la obligó a abandonar nuestro país, por lo que levantar siempre la bandera de lucha del EXILIO como para tratar de ganar más adeptos a su causa o tratar de demostrar que usted también sufrió los embates de la dictaduras y cosas por el estilo me parece que no es correcto. Si usted quiso abandonar este país fue porque no quiso afrontar las consecuencias jurídicas de quienes se querellaron en contra de usted, lo cual es una situación perfectamente entendible dado la obtusa legislación de la época (artículo 6 letra b de la Ley de Seguridad del Estado, ya derogado afortunadamente), pero aclaremos que fue una decisión voluntaria y no forzada por lo que ya no es conveniente que se siga refiriendo a su situación vivida como un EXILIO propiamente tal ya que tal situación no ocurrió.

No quiero que crea que no la considero una buena profesional y que la estoy atacando sin motivo alguno. Eso no es así. Solo quiero aclarar la situación comentada.

 

Saludos.

PD: Interesante su Blog.

 

 

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