Bienvenidos. Este es mi segundo primer intento. Bue..., echando a perder se aprende. No sé muy bien todavía qué forma tendrá este blog, pero quería partir compartiendo con ustedes un artículo que acado de publicar en Revista Paula. Se llama "Hermanos de sangre" y creo que es una historia que merece ser contada muchas veces.
(A continuación, el texto en bruto, para los que no tienen Adobe...)
Hermanos de sangrePor Alejandra Matus Fotografía: Rodrigo Chodil
En el D’Jango, una picada de chicha y chancho en el centro de Santiago, Luis González, Luis Bastías y Pedro Verdejo beben vasos de mitimitis –mitad pipeño, mitad chicha– y fuman cigarrillos baratos. Como la mayoría de los parroquianos, conversan de la vida, las mujeres, y se ríen a destajo. Pero Bajo la camisa ocultan heridas de una tragedia: uno de ellos sobrevivió al fusilamiento de 14 jóvenes en puente alto en 1973; Los otros dos perdieron a sus hermanos.
A las 7 de la tarde, los puentealtinos Luis González, Luis Bastías y Pedro Verdejo traspasan el umbral del restorán D’Jango, en la esquina de Tarapacá con Serrano, saludando a los comensales que se aglomeran en torno a la barra. Suben al segundo piso, donde tres jóvenes meseras atienden a los clientes sentados en torno a sencillas mesas de madera.
González, quien viste chaqueta de cuero y jeans con la basta doblada hacia fuera, pide sándwiches de pernil y mitimitis, una mezcla de chicha con pipeño, para él y para Bastías. Verdejo se inclina por un jote.
En las otras mesas, oficinistas y obreros de la construcción beben terremotos y comen marraqueta con malaya de vacuno, riéndose bulliciosamente. Los puentealtinos se contagian y, a carcajada limpia, reviven una época en que les parecía posible cumplir sus sueños. La edad de la inocencia.
Antes del Golpe de Estado, recuerdan, podían pasarse toda una noche bebiendo, conversando y bailando en la quinta de recreo El Sauce, cualquier día de la semana. Pedían jarras de chuflái, un popular enjuague de vino, aguardiente y Pap.
“El Sauce tenía diez veces el tamaño de este local”, recuerda Verdejo. “Allí llegaron grandes artistas como Carlos Vásquez y la Olga Guillot”. “¡Y la Tongolele!”, precisa Bastías, como si estuviera viendo a la vedette famosa por sus movimientos de cadera y el mechón blanco que le caía sobre la frente.
González, el más joven de los tres, se sabe de memoria el nombre de por lo menos diez quintas de recreo. Bastías, un taxista corpulento y enérgico, se acuerda de otras tantas boites y burdeles donde aterrizaban trabajadores de las industrias que entonces rodeaban Puente Alto. “Había plata”, rememora. “A veces, los obreros de la papelera cerraban una quinta de recreo y entre cuatro pagaban el consumo de todos los que estaban dentro”.
En 1973, González tenía 19 años, había terminado el servicio militar y jugaba de arquero por el equipo de fútbol Estrella Nacional. Sus planes eran terminar cuarto medio y ser capataz o jefe de obras. Sin embargo, en las paredes del D’Jango un calendario 2007 con la imagen de la Chica Tres Palos recuerda el fatal paso del tiempo. Mientras da los primeros sorbos a su mitimiti, las sombras del pasado reviven en la mente de González. Se le borra la sonrisa. A él y a sus amigos. “Yo podría ser ahora delincuente o un ingeniero. No lo sé. No tengo cómo saberlo. Lo que sé es que por culpa de lo que me pasó, ahora no soy nada”, dice. Bastías y Verdejo lo miran en silencio, incapaces de contradecirlo.
En 1999, estos tres puentealtinos se querellaron contra Augusto Pinochet y la patrulla de Carabineros que el 12 de octubre de 1973 detuvo a los hermanos de Luis Bastías y Pedro Verdejo y a otros 12 jóvenes en la quinta de recreo El Sauce, y los fusiló en el puente Bulnes, sobre el río Mapocho. González iba en el lote y recibió las mismas descargas que los demás, pero sobrevivió. Fue el único.
Remordimiento
A los 54 años, González no se ha vuelto a emparejar desde su separación, ocurrida hace casi 30 años. Ocasionalmente trabaja en labores livianas, porque arrastra las secuelas de los cuatro balazos que le atravesaron el cuerpo. A veces se emplea como rondín, a veces manguerea cemento en alguna construcción, pero la mayor parte del tiempo se queda en la casa de su padre, con quien vive junto a otros adultos y varios niños. Si el día está frío se encierra en su pieza, una mediagua de madera que le dio la Municipalidad y que armó en el mismo sitio, aguantando el dolor de huesos.
Aunque ha salido con mujeres, González no piensa en volver a casarse. “No tengo recursos para mantener una familia”, explica. Desde hace un par de años recibe una pensión asistencial de 52 mil pesos que se suma a otra que le otorgó la comisión Valech como víctima de tortura: reúne así 160 mil pesos mensuales. “Pongo plata para la casa, me compro mis cosas y pago algunos lujitos, como la tele que puse en mi pieza, un refri que saqué en cuotas y la cuenta del TV cable”, relata González, mientras mordisquea el sándwich de pernil en marraqueta.
Bastías suele pagar las paradas en el D’Jango, después de hacer a medias los trámites judiciales. A sus 59 años, Bastías está separado y vive con su madrina, una anciana de 80 años. Sin embargo, todos los días almuerza en la casa de su ex mujer junto a sus hijos –dos hijas propias y dos niños adoptados– y tres nietos. Lo que gana conduciendo un viejo taxi Monza –su joyita– lo gasta en ellos. De una quinta hija, que tuvo antes del Golpe de Estado, poco sabe hoy.
La última vez que estuvieron en el D’Jango, recuerda Bastías, celebraron la sentencia que dictó la Corte de Apelaciones de Santiago, condenando al suboficial de Carabineros Rubén Barría a 16 años de presidio por las ejecuciones de los jóvenes puentealtinos, y al Estado a pagar 50 millones de pesos a cada querellante y 75 millones al sobreviviente. Esa vez, González y Bastías se tomaron siete mitimitis cada uno y Bastías le cantó Ese lunar a la mesera colombiana, la misma que esta noche los atiende. “Yo sé que soy muy viejo para ella, pero como es extranjera, en una de ésas...”, bromea y Verdejo y González se ríen de buena gana.
Bastías se ha convertido de forma natural en uno de los impulsores más dedicado de esta causa judicial. Llama todas las semanas al abogado Alberto Espinoza y, cada vez que se fija un alegato, sale de su casa en su Monza antes de las 6 y media de la mañana y pasa a recoger a González para llegar al centro, en Metro, como a las 8 y media de la mañana. La mayoría de las veces los alegatos se suspenden, pero Bastías no ceja. Si pueden, pasan al D’Jango. A veces ni hablan. Se acompañan. A veces González se queda y Bastías se va a taxear. A trabajar.
Esta noche los puentealtinos opinan sobre el avance en el caso. “La pena es baja. Al paco Barría le dieron poco más de un año por cada muerto”, comenta Bastías. Sus amigos lo escuchan atentamente, fumando cigarrillos Derby. “A mí me da cierto alivio. Desde que asesinaron a mi hermano he estado buscando justicia y ahora llega, aunque sea poca”.
En 1973, con sólo octavo básico rendido, Bastías era chofer de micros y acababa de conseguir un buen trabajo como chofer en la minera La Disputada de Las Condes. Era el mayor de diez hermanos y se sentía responsable de su bienestar, porque su padre había muerto en 1969 y su madre estaba enferma. El 12 de octubre Bastías quería celebrar que había cumplido 24 años el día anterior y en su casa encontró a su hermano Jaime, de 16. Lo invitó a El Sauce.
“En ese tiempo la onda era lucir la ropa. Yo salía bañado y olorosito, con mi pantalón pata de elefante con la raya del planchado bien marcada. Estaba de moda ponerle herraduras metálicas a las botas para que sonaran al caminar. Como había toque de queda el propósito era impresionar rápido a alguna niña, porque las fiestas terminaban a las ocho de la tarde”, recuerda Bastías.
Recién había pedido una Bilz para su hermano cuando llegó la patrulla de Carabineros que los detuvo y se los llevó a la Comisaría de Puente Alto por no portar carné de identidad. A ellos y a otros 20 jóvenes. Poco más tarde, los policías les informaron que los trasladarían al Estadio Nacional. Un suboficial que lo conocía lo puso ante una encrucijada: “Arriba o abajo”, le preguntó a Bastías en el momento en que los detenidos eran obligados a amontonarse unos sobre otros en un jeep Land Rover. Sin tiempo para pensar, el flamante chofer de La Disputada tuvo que decidir si se iba con su hermano chico en el jeep o si se iba a la casa.
“Pensé que en libertad podría ayudarlo mejor, ¿me entienden? Hasta ese día, yo nunca había escuchado que los Carabineros mataran gente. A nadie se le pasaba eso por la cabeza. ¡Cómo cresta iba a imaginarme eso!”, explica todavía prisionero de la culpa. Le pesa su ingenuidad.
“¡Cómo quisiera que me hubieran llevado a mí y no a él! Si hubiera sabido que lo fusilarían, me habría ido con mi hermano para cuidarlo”, afirma Bastías, y no sigue comiendo.
González intenta liberar a Bastías del peso de la conciencia: “Luis, yo considero más que un amigo, un hermano”.
Confesión
Hasta octubre de 1973, González conocía a Bastías de vista. Pero cuando el sobreviviente estaba en el Instituto Traumatológico recuperándose de las heridas a bala que recibió en la espalda, piernas y brazo, Bastías apareció en su habitación. Quería saber qué le había ocurrido a su hermano Jaime.
La primera vez que hablaron González sólo le contó lo esencial: que los Carabineros se los llevaron a una comisaría, desde donde los sacaron de noche para fusilarlos. Que los 14 que salieron de Puente Alto, entre ellos una niña de 14 años embarazada y a quien sólo conocían como la Motita, cayeron acribillados al lecho del río, donde los policías remataban a los que se movían o se quejaban. Que él sobrevivió porque se quedó inmóvil y que los policías les pusieron a todos una etiqueta en la espalda que decía Carabineros de Chile.
Al relatar por enésima vez estos hechos, González se pasa la mano por la espalda, y en el gesto dibuja sin darse cuenta el forado del tamaño de un puño que le quedó donde antes había hueso, bajo el hombro derecho.
Cuando los parroquianos del D’Jango, casi exclusivamente hombres, empiezan a marcharse a sus casas, el sobreviviente recuerda que por años se ocultó en la casa de un tío, en Melipilla, usando el nombre de uno de sus hermanos, Juan.
“Mi vida se volvió un infierno. Estaba convencido de que los carabineros volverían por mí, a reparar su error”, afirma. Sólo trabajaba en lugares donde no le pedían documento de identidad y si veía un auto extraño, se largaba sin dar explicaciones. A sus padres los visitaba a hurtadillas, de noche. En ese oscuro tiempo se casó y tuvo dos hijos, pero su matrimonio se hundió en medio de las apreturas económicas.
Paralelamente, Bastías rotó de trabajo en trabajo. “Me acusaban de comunista y me echaban”, relata. La familia Verdejo se refugió en Llanquihue.
Las víctimas, si bien casi todas eran jóvenes allendistas, no militaban en partidos políticos, salvo uno o dos. Bastías y González se atrevieron a llevar el caso a la Vicaría de la Solidaridad recién a mediados de los años 80, valiéndose de sus propios recursos y apoyándose mutuamente para vencer el miedo. Sin embargo, la justicia no los tomó en cuenta. Ni siquiera la Comisión Rettig, que conoció los antecedentes una vez recuperada la democracia, calificó las muertes como resultado de la violencia política.
Sólo en 1999, tras el arresto de Pinochet en Londres, la justicia dio curso a la querella criminal que presentaron Bastías, González, Verdejo y los familiares de otros cuatro ejecutados. De tanto venir a Santiago y perder días enteros en trámites judiciales, Bastías y González comenzaron a estrechar lazos. Recién el año pasado el sobreviviente se atrevió a confesarle a Bastías un secreto:
“Por años me lo guardé, no sé por qué. Un día, sin siquiera planearlo, se lo dije: “Yo estoy vivo gracias a tu hermano. Cuando dieron la orden de disparar, Jaime me abrazó y me protegió. Él recibió el impacto de las ráfagas. Su cuerpo inerte me cayó encima y su sangre se mezcló con la mía. Los pacos creyeron que yo también estaba muerto”, relata como si confesara por primera vez, con las manos temblorosas y los ojos húmedos.
Verdejo y Bastías lo escuchan conmovidos, sin decir palabra. Ya no queda nadie en el segundo piso del D’Jango. Sólo las meseras que, sentadas un poco más allá, esperan pacientemente que los puentealtinos pidan la cuenta.
“A mí me da mucho gusto y alegría que mi hermano haya salvado la vida de Luis, porque gracias a que él sobrevivió se identificó a uno de los asesinos y ahora está condenado”, interviene Bastías, rompiendo el largo silencio. “Ahora que el camino está despejado, creo que otros familiares se van a atrever a presentar querellas por los que faltan”, agrega.
Verdejo, un hombre corpulento, manso y de pocas palabras, reflexiona: “Es ridículo que nos quieran hacer creer que una sola persona detuvo a los cabros y los fusiló. Algún día tendrán que pagar los demás”.
González se queda pensando en su milagrosa escapada. “Si lo veo desde un punto de vista católico, yo creo que Dios me dejó vivir para que se haga justicia”.
Absolución
Pasadas las nueve de la noche, las meseras del D’Jango ponen las sillas patas arriba sobre las mesas, para notificar a los comensales de que es hora de cerrar.
Indiferentes a las indirectas, en medio de una nueva ronda de mitimitis los puentealtinos divagan sobre las posibles causas de las ejecuciones.
“Algunos dicen que Luis Verdejo le comía la color al paco Barría. Otros, dicen que habría tenido un romance con la Motita y que estaba celoso porque ella andaba pololeando con otro tipo. Pero nada de eso nos consta”, expone Bastías.
Pedro Verdejo recuerda haber escuchado la tesis de la venganza contra su hermano. “Alguien me dijo que en una de sus salidas nocturnas había discutido con ese carabinero. Él era bien bohemio y tenía mucho arrastre”, relata Verdejo. “Le decían el Marqués, porque le gustaba vestirse bien. ¡Era feriante y hasta el zapallo lo cortaba de terno!”.
Verdejo se ensombrece. “Él era mi ídolo. Era mucho más maduro que yo. Tenía dos puestos en la feria, me pagaba los estudios y me compraba ropa. Con su muerte, la universidad se fue a las pailas. Me quedé solo. Todavía lo echo de menos”, dice, con pudor por las lágrimas que se le asoman.
González, que se pasó todos esos años escondido y que todavía tiembla al ver a un carabinero, no entiende por qué el Consejo de Defensa del Estado ha pedido a la Corte Suprema que rebaje las indemnizaciones. “Nosotros no andamos detrás de la plata, pero cuesta entender que a la familia de Orlando Letelier le hayan dado dos millones de dólares y que, en nuestro caso, el fisco considere que 50 millones es mucho. ¿Acaso no somos seres humanos también? ¿No valemos lo mismo?”, reclama.
En la desvencijada radiocassette que ameniza el ambiente suena una vieja canción de Julio Iglesias. González afirma que todos sus sueños murieron el día que lo balearon en el puente Bulnes y confiesa que, para colmo de males, en sus años de mayor desesperación se vio envuelto en una riña callejera que lo dejó al borde de ir a la cárcel. Bastías, atento a sus palabras, le cambia bruscamente la conversación. Se siente en el deber de protegerlo. Luis es su amigo. “Está linda la colombiana, ¿cierto?”, interrumpe, al tiempo que le hace un gesto a la camarera para que traiga la cuenta. González no puede evitarlo y responde a la provocación, sonriendo. “Yo todavía tiro pinta pa ´pinchar”, dice.










Una carta a un pez adosada: poesía nipona





Soy periodista peruano, trabajo en la revista Caretas y necesito acceder a algún correo electrónico para comunicarme con la señora Matus. Saludos.