No sé cuánta gente había en la misa de despedida a ese genio de las letras periodísticas que fue Guillermo Hidaldo. Pero sí podría contar salas de redacción completas de finales de los 80 y comienzos de los 90 que se reunieron para despedir a ese gran amigo. Allí estaban los periodistas y editores de La Epoca, Qué Pasa, La Tercera -la que se formó en aquellos años-, La Nación, The Clinic. Barras completas de periodistas políticos, deportivos, de tribunales. La tropa. Un grupo humano que habitó, en algún momento, un lugar utópico, en que actuábamos estúpidamente convencidos en el poder del periodismo para empujar los "cambios" . Nunca hablábamos de eso, pero era obvio que lo pensábamos cuando trabajábamos hasta entrada la madrugada, hacíamos turnos, cobrábamos poco tarde mal y nunca. Y al salir de la pega, ¿qué hacíamos? Nos juntábamos otra vez, en algún bar, en alguna casa y nos embriagábamos hasta el día siguiente, hablando de.... periodismo. Nos conocíamos. Pololéabamos entre nosotros. Cuando nos cambiábamos de pega, nos encontrábamos con los amigos, nos veíamos en el reporteo, en los plantones. En aquel mundo, Guillermo era un personaje habitual Si no trabajabas con él, te lo pillabas reporteando o lo veias en una fiesta. En algún momento, hace años ya, crecimos. Dejamos de creer en los "proyectos" y buscamos pegas que dieran de comer. Nos casamos, tuvimos hijos. Dejamos de beber y de comer grasa. También dejamos de vernos. Con todo lo que quisimos al cabezón Hidalgo, él murió solo en su casa y pasaron varios días antes de que alguien notara su ausencia. Nadie tiene la culpa, lo sé. La vida es así. Aquel mundo se derrumbó porque era ficticio, adolescente, infantil. Sin embargo, no me había dado cuenta de nuestra derrota, hasta ayer. Es todo. Y este es un requiem por el guatón y todos nosotros.

Soy periodista titulada de la Universidad Catolica en Chile hace 23 años. Acabo de regresar a Chile, tras titularme como Master en Administración Pública en la Harvard Kennedy School. En 2009 fue becaria de la 









Una carta a un pez adosada: poesía nipona



el día de la muerte de Guillermo Hidalgo, escuché la noticia de su fallecimiento por la radio (cooperativa) y por primera vez escuché a un emocionado Marco Antonio Cumsille, despidiendo a su gran amigo. Para mi es lejano su nombre, quizás cómo se menciona en la reflexión anterior un nombre olvidado, sin embargo, comparto el pesar. no entiendo por qué, pero siento que de alguna manera me afecta.
Ha sido lo mejor que he leído sobre esta noticia.